Eusebia Palomino, tren de cercanías

La vida de Eusebia Palomino es un tren de cercanías que abarca cielo y tierra, que une lo creado y lo increado por medio de Jesucristo. Las tragedias humanas empiezan cuando el hombre se empeña –sin comprenderlo muchas veces- en crear distancias de egoísmo, de olvido, de desamor.

Eusebia Palomino nació en Cantalpino, Salamanca, el 15 de diciembre de 1889, para recordarnos que el cristianismo es la fe de las cercanías y que sólo puede vivirse en la proximidad.

Desde muy pequeña fue de su pueblo a Salamanca para cuidar con cariño a pobres y enfermos. A su vera empezó a maternizarse la ternura. Le ahogaba ver llorar.

En el invierno de 1917 una amiga la encamina al colegio de las salesianas de Salamanca. Necesitaba una imagen de la Virgen para fijar sus afectos y la encontró en María Auxiliadora.

1917 es el año de la triple crisis española: la militar de las Juntas de Defensa, la democrática de la Asamblea de Parlamentarios y la obrerista de la gran huelga de agosto.

La vocación de hija de María Auxiliadora va creciendo dentro de sus años jóvenes y en abril de 1921 le pide a Enriqueta Sorbone, vicaria general, de paso por Salamanca, hacerse salesiana. Ella, físicamente menudita, tenía vocación de ganar estatura religiosa. El 5 de agosto de 1924 pronunció sus votos.

Primero fue enviada a Sarriá como cocinera, portera y ropera. Después a Valverde del Camino (Huelva). Eusebia cayó en Valverde como un tornado celestial.

Párroco, seminaristas, padres, madres, chicos, chicas, de Valverde y, después, de todos los pueblos cercanos, comenzaron a “atarse a Jesús con la cadena de María”. Se trataba de la devoción a María, según la doctrina de Luis Mª Grignon de Monfort. Todo, todo, se debía al tirón dulce y fuerte del alma de Eusebia.

La trascendencia de Jesús que vivía Eusebia no era la de la distancia, sino la de la intimidad. Desde la pobre cocina del esquinado colegio de Valverde había estallado la chispa que ponía la gente a los pies de la cruz.

1933, 1934, 1935. Llegaban relentes de guerra. Eusebia pensó ofrecerse como víctima. Tenía asma, sufría de hígado y de corazón. No importaba. Seguía amando con el optimismo gangrenado de la enfermedad. Que nuestro viaje no debe ser más allá de las estrellas, sino al fondo de nuestro propio corazón.

Moría el 10 de febrero de 1935. Todo el pueblo de Valverde tuvo un estremecimiento de alma, concéntrico al alto estruendo de su voz: “¡Sor Eusebia es una santa!”.

El derrame de simpatía y popularidad de Eusebia ha estirado el clima hasta llenarlo de prodigios. Sor Eusebia protege, nos protege, y quien nos protege nos puede robar el alma.

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